sábado, 23 de agosto de 2008

Literatura de Ecuador

Por Jorge Queirolo Bravo


Introducción

La literatura ecuatoriana se ha caracterizado por ser esencialmente costumbrista y, en general, muy ligada a los sucesos exclusivamente nacionales, con narraciones que permiten inferir cómo es y se desarrolla la vida diaria del ciudadano común y corriente. De manera muy certera e inequívoca, podría aseverarse que Ecuador no ha producido literatos cuyos libros se distribuyan masivamente a nivel mundial.

Pese a lo anterior, algunos escritores ecuatorianos han logrado ser medianamente conocidos en los escenarios internacionales, especialmente en los países hispanohablantes o iberoamericanos. Entre éstos tenemos a Jorge Icaza, Juan Montalvo, José de la Cuadra, Pedro Jorge Vera, Pablo Palacio, Demetrio Aguilera Malta, Alfredo Pareja Diez Canseco, Adalberto Ortiz, Nelson Estupiñán Bass, Francisco Tobar García, Alfonso Rumazo González, Alicia Yánez Cossío, José Martínez Queirolo, Javier Vásconez, Miguel Donoso Pareja, Jorge Enrique Adoum, Carlos Carrión, Agustín Cueva, Jorge Queirolo Bravo, Eliécer Cárdenas, Edna Iturralde, etcétera.

Narrativa

Uno de los aspectos más interesantes de las letras ecuatorianas, es que éstas abarcan una cantidad notable de buena narrativa, con autores que lograron fotografiar mentalmente la idiosincrasia criolla y plasmarla extensamente en sus relatos. Nadie podría decir, pese a la crudeza de su contenido que, por ejemplo, las novelas de Jorge Icaza no son un retrato muy hábilmente fabricado de las horribles penurias del indígena de la sierra ecuatoriana. Icaza traslada a sus lectores al escenario que describe e incluso utiliza el mismo lenguaje que tienen los protagonistas en la vida real.

Pero la literatura ecuatoriana no se limita únicamente a Icaza y el indigenismo. También existen otros grandes expositores de la misma, como Alfredo Pareja Diez Canseco, quien destacó más que nada como novelista. Éste, en contraposición a Jorge Icaza, creó novelas esencialmente urbanas, en las que constantemente aflora la denuncia social. Pareja también fue un prolífico historiador, cuyos textos se siguen utilizando, varios años después de su muerte, como material de estudio en la enseñanza media ecuatoriana. Si seguimos en la senda de la novela dedicada a la denuncia social, es imprescindible nombrar a Joaquín Gallegos Lara, cuya obra, aunque breve, es magistral al aludir a los problemas que agobian a la clase obrera y la brutal explotación que ésta sufre a manos de empresarios inescrupulosos. En "Las cruces sobre el agua" narra la peor masacre obrera ocurrida en la historia del Ecuador (1922). Gallegos Lara, al morir, dejó una novela inconclusa, Los Guandos, que fue posteriormente completada y póstumamente editada por Nela Martínez.

Demetrio Aguilera Malta, en cambio, fue más que nada un novelista costumbrista aunque también muy multifacético. En sus escritos describió magníficamente al "montubio", el típico campesino mestizo de la costa ecuatoriana. Entre las mujeres que escriben está Alicia Yánez Cossío, dueña de una considerable y entretenida cosecha narrativa, en la que se incluye la novela "Sé que vienen a matarme", una excelente e imperdible biografía del tirano Gabriel García Moreno y sus crueles e inhumanos excesos mientras era presidente de Ecuador. Dicha novela permite conocer la magnitud de las barbaridades perpetradas por García Moreno, un tirano fanático de la religión católica, que no vacilaba en mandar a matar a sus enemigos.

Dramaturgia

En el campo de la dramaturgia casi no ha habido exponentes relevantes o que hayan alcanzado un alto grado de difusión, especialmente a nivel internacional. Sin duda el mejor, más prolífico y conocido es el guayaquileño José Martínez Queirolo, cuyas obras se han representado en Estados Unidos y Europa, a la vez que han sido traducidas a otros idiomas. También se lo conoce como autor de numerosos cuentos, entre los que también hay algunos creados para niños. Además es un destacado actor y dirige su propia compañía de teatro. Ganó el Premio Nacional de Cultura "Eugenio Espejo" en 2001.

Poesía

En el Ecuador hay un buen número de poetas. Desgraciadamente, la poesía nacional y sus cultores son muy poco, si no totalmente desconocidos fuera de las fronteras del país (y a menudo dentro de ellas). Excepción de esta regla son Jorge Carrera Andrade, César Dávila Andrade, y quizá un poco menos Jorge Enrique Adoum. Sin embargo, la poesía ecuatoriana, por su calidad, merece un espacio propio y destacado en el mundo literario.

Una de las causas para este notorio anonimato es la falta de difusión de la literatura ecuatoriana. Las antologías son escasas en las bibliotecas y en las librerías. Existe la posibilidad de encontrar estudios críticos en revistas y en algunos periódicos, pero no son de fácil acceso para el lector interesado, ya sea dentro o fuera del Ecuador.

Ensayo

La literatura hispanoamericana se ha destacado en este género, y la de Ecuador cuenta, entre otros, con Juan Montalvo, el ensayista más famoso del siglo XIX en lengua castellana.

De los numerosos ensayistas ecuatorianos del siglo XX, por la valía literaria aunque no por la abundancia de la obra, el mayor en cuanto al ensayo de crónica y crítica literaria, junto a Benjamín Carrión y Gonzalo Zaldumbide, es, sin duda, Raúl Andrade.

Otro de los ensayistas más representativos del Ecuador es Agustín Cueva. Sus obras han sido traducidas a varias lenguas, incluso el japonés. Su libro "Entre la ira y la esperanza" es una imagen extraordinaria de la realidad ecuatoriana. Esta obra sintetiza en sólo 200 páginas toda la evolución histórico cultural del Ecuador, haciéndolo desde un planteamiento extraoficial e incursionando en campos tan diversos como la literatura, la pintura, la arquitectura, las relaciones interétnicas, la vida cotidiana, etcétera.

lunes, 21 de enero de 2008



Prólogo del libro "Los delincuentes" de Jorge Queirolo Bravo

Por Marcelo Simonetti U., escritor y periodista

Odio los prólogos. Y creo que, a la mayoría de la gente, debe ocurrirle lo mismo. Los odio por aburridos, por inútiles y por perturbadores. No hay que confiar en los prólogos porque, generalmente, median amistades, afectos, intereses ocultos del prologador y del prologado. Nunca un prólogo demolerá el escrito que precede. No se estila y, en rigor, sería de pésimo gusto. He leído prólogos laudatorios hasta el exceso que lo único que provocan en el lector es aumentar el grado de frustración ante un texto fallido, soso, burdo. Además, me parece una falta de respeto para el lector el que un prologador, encumbrado a esa posición por quién sabe qué mérito o circunstancia, guíe la lectura posterior merced a interpretaciones o influencias que, en algunos casos, no se compadecen con el afán primitivo del autor. Como si fuera poco, este pre-texto convierte la aventura del acto de leer en una mera visita guiada con sus correspondientes problemas. Pero así como odio los prólogos, también me gustan las autoediciones. Esos textos que ven la luz a pesar de que las circunstancias sean adversas. A pesar de la indiferencia de las editoriales. A pesar de que se viva en un país llamado Chile, en donde la literatura es una enfermedad extraña.


Creo, firmemente, que los textos terminan impresos por una voluntad del destino, porque hay lectores que esperan por ellos -sean cinco o veinte mil- o, si queremos ser más surrealistas, porque hay páginas en blanco que tienen que ser llenadas con ese texto y no otro. También celebro los textos honestos, aquellos que no responden a la moda o el estilo de turno. Historias que habitan en la mente de los escritores y que estos, necesariamente, deben vomitar, como los conejitos de Cortázar. Hay algo de esto en los cuentos de Jorge Queirolo Bravo y un nexo, innegable, con la infancia. Alguien dijo que los escritores no hacen otra cosa que recrear la infancia perdida y tengo la certeza de que ese aserto se cumple también en estos cuentos. Uno podrá tener ciertos reparos con ellos, pero es un hecho que personajes como “El Cerradura” o la peripecia de la que da cuenta “El bolso” se parecen a los sueños que nos visitaban cuando éramos niños, cuando la vida era una aventura y se vivía sin prólogos. Jorge Queirolo Bravo es, además, un gran conversador en todas sus formas, incluida la escrita. Durante mucho tiempo sus cartas a la redacción de El Sábado, la revista en la que trabajo actualmente, atiborraron el buzón y, a poco andar, supe que en la Revista del Domingo el fenómeno se repetía sin grandes variaciones. Lo conocí personalmente en una feria del libro de Viña del Mar. Y, extrañamente, las veces en que nos hemos encontrado en la vida siempre ha mediado un libro o un escritor o una conversación en torno a la literatura. Podríamos hablar de él como de un animal literario. Podríamos decir que incluso sufre el Mal de Montano del que habla Vila Matas. No me referiré a sus textos propiamente tal. No cometeré el descriterio de guiar la lectura de sus lectores. Les dejo la aventura a ustedes. Y, en honor a lo dicho, háganme el favor de saltarse este prólogo.

Moscú sin visa

Reseña sobre el libro de Jorge Queirolo Bravo

Por Juan Cameron

Siempre resulta género curioso, éste, el de los libros de viajes. La narración, entre crónica y diario de vida entrega al lector a una idea distinta del medio matizada, por qué no, por la propia visión de mundo de quien escribe.

¿Y yo me pregunto, qué derecho tiene este lector, ese entrometido con arrogancias de juez, para intervenir con su opinión en la rica experiencia allí relatada? ¿Y, por qué no? Después de todo es el destinatario del objeto libro y ninguna norma literaria ni ética podría resolver una mera cuestión de mercado.

La confrontación surge cuando este último conoce el paisaje descrito y compara, desde su propia óptica, si lo afirmado por el escritor corresponde a la verdad. Pero, más allá de su simple opinión, o de la respuesta que de esa comparación surja, este encuentro entre productor y consumidor produce en ambos una amable sonrisa. El “yo estuve ahí” constituye el primer signo de un lenguaje secreto para los protagonistas de la comunicación escrita.

Revisaba hace algunos días las notas de Escrito en la mar, un texto aún inédito de Eduardo Bravo. Este autor, como oficial de marina mercante, nos cuenta que en cierta oportunidad desembarcó en La Rochelle, lugar en el cual -dice allí- hubo una base de submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando este hecho histórico es “confirmado” por ese clásico de la filmografía alemana “El submarino”, el novelista crece ante nuestros ojos: “ese tipo sí que sabe”, afirmamos; y nos dan ganas de correr y avisarle.

El escritor profesional tiene muy presente este fenómeno. El poeta Eduardo Parra, el mismo de Los Jaivas, nos señala en La puerta giratoria que Todo hombre joven puede leer a Shakespeare/ Abra la hoja 73/ y déle el pésame/ a Hamlet. El libro fue editado en 1968; no tiene otra referencia sino aquélla.

También se produce una cercanía entre quienes han vivido o atravesado Europa y el libro de crónicas Balkan Express, de la escritora croata Slavenska Drakulic. La suerte del emigrante, su rostro expuesto al ojo avizor del habitante de la tierra, la desconfianza mutua y la carga que toda pérdida significa, se cruzan en la memoria de quien lee, junto a hermosos paisajes, a ratos destruidos por la guerra. Ella nombra Vukovar y recordamos una fotografía de Aldo Francia, que hace un par de días ilustraba una mesa en un pub del Cerro Alegre.

Con certeza podemos afirmar que el encuentro con el lector es el mayor logro a que puede aspirar un escritor. Y en el género referido –el libro de viaje- éste se da un más de una oportunidad. Tal ocurre en Moscú sin visa, de Jorge Queirolo Bravo. El libro, cuya cuarta edición aparece en enero de este año, por Ediciones Altovolta, es una amena monografía (tiene 72 páginas) de un muchacho ecuatoriano que regresa desde Dinamarca a Chile, donde reside su familia, y aprovecha la oportunidad de pasar por la capital rusa.

Jorge Queirolo Bravo nació en Guayaquil, Ecuador, en 1963, y en el intertanto ha residido en Alemania, Israel, Estados Unidos, Argentina y Chile, donde vive actualmente.

En una de esas erranzas ocurre la anécdota. Y los lugares donde el escenario se instala son, a veces, irremediablemente conocidos. La campiña danesa, Aarhus, la península de Jutlandia y sus navegaciones, reaparecen como tantas veces con su vastedad y ese invierno tan presente.

Copenhague y el Tívoli y la oficina de Aeroflot vuelven a la imagen de muchos lectores, así como una simpática finlandesa que recomienda a Queirolo embarcarse en Estocolmo, vía Shannon y Miami, y no aburrirse casi un día en el aeropuerto moscovita. Por lo demás, advierte, la visa diaria habrá de costarle 120 Dólares, un precio superior a un buen hotel y a una mejor comida. Nuestro autor, que no tiene ni el dinero ni las ganas de desembolsarlo, insiste en esa vía y prefiere, por conocer, volar 16.500 kilómetros hasta Santiago. Y parte sin visa.

Nuevamente nos encontramos con él, un sábado por la tarde, a bordo de un flygbåt mientras cruza entre Copenhague y Malmö: las calles estaban más o menos concurridas con gente dedicada a comprar; contrariamente a lo que pensé casi no había nada de nieve, yo me imaginaba que el invierno en Suecia era mucho más frío, comenta. Habría de verlo en verano, piensa el lector más informado y rememora las Elephant y otras cervezas del estío nórdico. ¿Y se habrá cruzado con alguno de nosotros?

Más allá de los ciento veinte dólares, cuanto preocupa a Queirolo es la rigidez de la burocracia rusa, la cual atribuye a alguna obscura herencia del estalinismo. Piensa, por entonces, que la disolución de la Unión Soviética habría traído una mayor apertura en este aspecto. La mirada desde aquí resulta curiosa. Porque, para el lector que ha vivido en los países del norte, se sabe que tal rigidez es propia de la zona y del clima, y no es solamente un legado administrativo. Es más, quien desembarca por vez primera en Helsinki, se sorprende ante la imponente arquitectura pública y la estatuaria en sus plazas; y un ligero temblor le recorre al ver a los soldados finlandeses que cargan fusiles Máuser y usan gruesos abrigos y gorros de piel con una estrella blanca sobre la visera. De haber sido una estrella roja, la imagen de una película norteamericana sobre la ya mentada Rusia, sería la misma.

Queirolo nos aporta una mirada particular, amena y sonriente de ese mundo a veces tan lejano, a veces tan mísero o curioso. Nada más triste que un Mac Donald cerca de la estatua de Pushkin; ya lo sabemos. Su aventura, que es cierta y es también increíble, aporta a nuestra pequeña historia un triunfo fenomenal. El haber entrado a Moscú, sin visa y por veinticuatro horas, es el triunfo nietszchiano sobre la kantiana marca de la administración y la seguridad nacional. Y eso, al lector, lo hace secretamente feliz.